Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.09

El robo de la Tiara de Ithil

 -¡Lin Rochallor! ¡Míralas!

 Al pie del saliente del monte, con una mano de visera sobre las cejas, Ithïliendil observaba a las niñas, que a paso jovial y con las águilas que batían el campo caminaban ligeras y apresuradas entre los girasoles amarilleados por el sol de la mañana. El elfo sindar miró a su amigo de larguísimas crines y exclamó:

 -¿Qué esperamos? Se nos escabullen como mariposas las pequeñas traviesas, ¡y nosotros que las abandonamos a la suerte!

 Lin Rochallor relinchó quejumbroso y con la pezuña de una de sus patas esbozó dos runas —una rara cualidad—; el elfo las observó y se mostró conforme:

 -Bien, que jueguen tranquilas. Nosotros nos limitaremos a escoltarlas, sin que lo sepan. Una cosa más. ¿Con esas ropas no pasarán frío? Oh, cierto, de esos ropajes manará calor o fresco según las pequeñuelas lo precisen, lo había olvidado, je.

 Dicho esto,  Ithïliendil sacó la cantimplora de las alforjas del caballo, cebó un mate —una rara infusión, similar al té, que había conocido en uno de sus numerosos viajes errantes y que se servía con agua caliente en un recipiente con aspecto de calabaza, lleno de yuyos de la hierba del mate, y se sorbía con una bombilla— y caminó con su compañero hacia los girasoles.

 Una mariposa merodeaba a la Principita. La niña, tal su costumbre, corrió tras ella, y al rato la tuvo posada en su mano, y se la enseñó a Ëlen. La Estrellita le acarició con el índice las alas, y entonces un búho se comió a la mariposa. Las niñas cayeron a gachas, temblorosas, con los brazos sobre sus cabezas. Pasado el susto, la Principita fue por la malvada rapaz, con Ëlen que la seguía de mala gana, pues los búhos le daban particular temor. Eiko encontró al búho en el primer árbol que vieron fuera del campo de girasoles, y en castigo le arrojó la tiara, que para su mala suerte, dio a un oso que sorbía miel del panal que se levantaba en una de las ramas. Ëlen temió por su amiga y se dispuso a protegerla con el Arpa de Anor, cubriéndola bajo un caparazón de notas. Pero el oso había cargado sobre la niña; de un zarpazo le arrancó la tiara y huyó con ella entre los dientes. Luego de un rato de llantos y desconcierto, las pequeñas con la vista en las pisadas fueron en busca del ladrón, con Härï y Mamahäha que exploraban los alrededores. La tarde enrojeció y las águilas abandonaron la persecución del oso. Lo habían avistado en un bosque, y acudieron con las pequeñas que exhaustas se habían dormido en el pasto, entre las rocas que era vestigio de una construcción antiquísima.

 Continuaron en la mañana. Las nenas llegaron al bosque; en un claro hallaron una casa vieja, descolorida, cubierta de madreselvas, abombada por la nieve que se apilaba en el techo. Luego de discutirlo y pensando en lo que advertía Ithïliendil acerca de hablar con extraños, las niñas decidieron preguntar sobre el oso a quien habitara la casa. Ëiko se agazapó detrás de la cerca, armada con un puñado de piedras para cubrir a su amiga. La Estrellita dio unos toques a la puerta. Oyó que unos pasos ligeros se aproximaban; imaginó a un lobo vestido de viejecita y apunto estuvo de correr de allí. Pero para su sorpresa, se trataba de una niña, de largos cabellos azules y ojos celestes, dos años, a lo sumo, mayor que ella, que saboreaba un chupetín. Ëlen dijo «hola». La desconocida respondió de igual modo, entonces soltó el chupetín, que se hizo añicos en el suelo. Algo la había asustado. La niña oyó:

 -¡Tiene mi tiara! ¡Esa es mi tiara! ¡Ladrona! ¡Devuélveme mi tiara!

 La niña se metió a la casa y dio un portazo. Eiko se las agarró a patadas con la puerta. Unos minutos después, la Principita exclamó:

 -Bueno, ¡quemaremos la casa!

 La mocosa se arrimó a la puerta, armó una trompeta con las manos y en un canturreo repitió:

 -¡Quemaremos la casa! ¡Y después buscaremos mi tiara!

 Ëlen se asustó con lo que tramaba su amiga. No quería que la nena ardiera con la casa. Pero la Principita parecía divertida.

 -Va a funcionar, ya verás. En los libros que lee Ithïlien, si les dices a los malhechores que les quemarás su escondite, devuelven lo que te robaron.

 La ocurrencia de la chiquilla tuvo un rápido e incontestable éxito, pues la niña de cabellos azules se apareció en la puerta toda llorosa y regresó a la Principita la tiara. Ëlen por su parte procuró calmar a la nena. Le dijo que todo habían sido mentiras y que su amiga no sabía encender un fuego, que no era malvada y que lo que quería era recuperar la tiara que le había robado un oso. Crujieron unas hojas. Ëlen dio la vuelta y contuvo un grito cuando vio a Eiko mansita, que jadeaba por lo bajo. Un niño de traje estrafalario la asía de un brazo mientras le acercaba al cuello un cuchillito de madera.

 

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