Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 05

       Saga de las Esferas del Dragón

    Cham-Cham

 Una mariposa por allí, una flor por allá, una niña que tarareaba y otra niña que tañía un arpa, ambas escoltadas por un par de enormes águilas, marchaban hacia una selva situada en el extremo oriental de Gondor. Los garabatos de un pergamino les indicaban el sencillo trayecto a recorrer. Llegaron a la selva. Las niñas, dichosas por el paseo y maravilladas por el paisaje, se sentaron a orillas de un charco y comieron de las frutas que había en el suelo, y se pusieron a parlotear. Ëlen comentó:

 -¡Mira qué pájaro más raro! ¿Cómo hará para no caerse con el pico tan grande que tiene?

 -Se llama Tucán y es un ave muy seria. Yo una vez me lo encontré y por más que le hablé y le hablé no me respondió:

 -¡Tucán! Tu-cán! Tu-cán!

 La Estrellita, apodo que Ithïliendil había dado a la pequeña para que tuviera uno como su amiga, a quien llamaba Principita, animada por lo simpático del nombre del ave se puso a cantar. Eiko, recordando que la niña siempre que cantaba se llevaba la atención de Ithïliendil y que ella quedaba a un lado, cosa que en verdad no era así, protestó:

 -¿Por qué haces eso? ¡Después me duelen las orejas!

 Ëlen dejó de cantar, aunque no por la protesta de su amiga. Algo que había oído de los árboles atrajo su curiosidad. Llevó las manos hacia las orejas, cerró los ojos y escuchó buscando reconocer el sonido. La niña tenía un sentido muy sensible hacia todo lo que pareciera música. Tras unos segundos, preguntó a la Principita, que la había tomado a risa por encontrarla graciosa como un koala, un animalito extraño en la Tierra Media y que conocía por ilustraciones.

 -¿No te parece que suena como «Cham-Cham»?

 -¿A qué?

 -Cham-Cham, ¿no lo oyes?. Parece que el bosque está llamando a «Cham-Cham».

 La pequeña la corrigió, orgullosa de lo que había aprendido de sus lecciones con la Dama Arwen:

 -Esto es una selva, no un bosque. ¿Nos ves cuántos árboles y el calor que hace? Pero es verdad, el «Cham-Cham» viene de todas partes. ¿No será que los árboles nos quieren decir algo? ¡Y si son los ents!

 -¡Sí! ¿Y si son las ents mujeres? ¡Qué emoción! Pero no… Creo que son tambores. ¿Quién estará tocando?

 Ëlen, sin más, alegre se unió al redoble del «Cham-Cham». Se oyó tan dulce y armonioso en su voz que la selva bruscamente calló. Eiko comentó con aire severo:

 -¡Te dije que cuando cantas me pones rojas las orejas!

 La Principita tiró de las trenzas a su amiga a modo de reprimenda. Quejumbrosas, las hojas de los árboles murmuraron. Entonces, un plátano dio en la cabeza de Eiko, que cayó de bruces en el agua. La niña, pasado el desconcierto y el susto, se reincorporó y llorosa se armó con la tiara, y buscó dar su merecido a quien le había arrojado el plátano. Ëlen estalló en risas, divertida con su amiga, que había quedado como un pollito mojado. El monte murmuró con admiración, encantado por la risa de la niña. Pero esto enfureció todavía más a la Principita, que corrió por Ëlen con ganas de desquitarse; cuando tiraba nuevamente de sus trenzas, un boomerang hizo que trastabillara, y la pequeña terminó una vez más en el charco. La situación se había vuelto difícil. Ëlen lloriqueaba de miedo; Eiko, todavía en el agua, y también lloriqueando, con el pelo enmarañado de hojas lanzó la tiara, que casi incendia las trenzas de su amiga y dio en el mono que se burlaba de ella dando cabriolas. La selva enardeció. Entonces se oyó otro «Cham-Cham», un tanto diferente al que habían escuchado. Parecía originado de una lengua humana. Las niñas miraron a lo alto de las ramas y vieron que un niño se balanceaba de las lianas para caer en cuatro patas ante ellas. Lo vestía un taparrabos, tenía los larguísimos cabellos verdes en el rostro, y a lo sumo once años. Gritó:

 -¡Cham-Cham!.

 El niño enseñó furioso el boomerang a la Principita, que se había quedado callada y mansa. Luego bajó el arma y miró a Ëlen como si hubiese hallado un hada en la corola de un jazmín. La niña le sonrió. La Principita, por su parte, se envalentonó y miró con hostilidad al niño que parecía un mono y que observaba con cara de tonto a su amiga, con una cohorte de monos igual de admirados. El niño exclamó «Cham-Cham», y sus amigos se alinearon en dos filas. Una pequeña chimpancé que vestía una boina rosa —bajo la cual culebreaba una larga coleta rubia—, ropas del mismo color y aretes verdes, se abría paso. Cargaba dos hojas de plata, con variedad de frutos del bosque, y se los entregó al niño, que luego de decir «Cham-Cham» dejó las hojas a los pies de Ëlen. La pequeña después de dudarlo tomó una fruta verde que desconocía. La encontró deliciosa, y convidó una Eiko. El niño parecía contento; observó con expresión anhelosa a la Ëlen y profirió otro «Cham-Cham». Quería decir algo, pero Ëlen no entendía. La Principita comentó al pasar:

 -Se ve que sólo sabe decir «Cham-Cham».

 «¡Cham-Cham, Cham-Cham!» Entre los árboles, bajo los pastos, en la charca que temblaba, en los animales y los insectos que merodeaban, todo en la selva parecía cobrar vida propia. La simpatía del ritmo atrajo a Ëlen, y la niña se sentó en un tronco y lo acompañó. Los monos y el niño callaron; cautivados por el canto de la pequeña, balancearon graciosamente las cabezas. Eiko entonces extrajo un objeto de su mochila. El niño, desconfiado hacia quien tenía ya por una criatura de cuidado, se cubrió la cabeza con los brazos; la Principita le sacó la lengua en gesto burlón y llevó a los labios lo que el desconocido había tomado por una cerbatana para obsequiar así a los curiosos espectadores unas notas con su flauta, que descuidadas como mariposas acoplaron con simpatía a la tonada de la selva que con alegría y dulzura cantaba Ëlen.

Ep Sig:


*No hace falta decir de dónde viene lo de las Esferas del Dragón, ja. Eso sí, no esperen kames ni saiyans, es solo una excusa para echar a rodar la aventura de las niñas. Cuando se me ocurrió pensé en que las pequeñas causarían el retorno de los dragones en la Tierra Media, pero bueno, son muchas esferas, así que vaya a saber…

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