La constelación de Melian

   Ayer tomaba unos mates y una estrella cayó en mi cabeza. Me prendí fuego y volé al cosmos en el barrilete que estaba cuidando mi hermanita. Llegué al planeta Marte y me senté en una roca y me puse a pensar en lo linda que se vería Melian en la apariencia de una constelación. Como no podría arrancar las estrellas como si pendieran de un árbol le pedí a Eiko que dibujara unas manzanas y que me las enviara vía el hilo del barrilete. Al rato llegaron y las cubrí con arcilla marciana para que no se congelaran, y me fui hasta el planeta Júpiter. Pero no pude bajar. Había una lluvia ácida y temí que me echara a perder la cometa. Entonces fui hasta Saturno, mi planeta preferido. Los anillos me fascinaban y dejé el barrilete e improvisé una patineta de hielo y los recorrí a toda velocidad. Iba tan rápido que daba por sentado que con el mareo tendría una idea para crear las estrellas. Y la tuve nomás. Era la principita, que llegaba en una taza espacial tirada por globos. Me trajo unas luciérnagas y una rosa blanca. Unos minutos más tarde llegó Ëlen, en otra taza espacial, y con alegría dejó en mis manos su caracol con miel. Eseguidita me dejaron, y se fueron a corretear por los anillos de Saturno.

   Con los elementos para formar la constelación de Melian, pensé en la manera de convertirlos en estrellas. No se me ocurría nada y cuando me entristecía tuve a las mocosas encimadas e hinchando para que las llevara de paseo por el cosmos. No podía negarme y empezamos el viaje en la taza y tras pasar por nebulosas, pulsares y quasares y otros fenómenos extraños llegamos a una zona oscura. Allí las mocosas se me pusieron a llorar porque tenían miedo y tuve que apresurarme para conseguir una lumbre. Por suerte me acordé del frasquito. Lo abrí y las luciérnagas nos alumbraron y pudimos continuar. Un rato más tarde oí unas explosiones y otra vez tuve que abandonar mis pensamientos. Eran pompas de jabón. Eiko y Ëlen habían traído una cucharita y un poco de agua y lavandina y jugaban con el artilugio por el espacio. Obviamente no se lo iba a quitar y tendría que tratar de arreglármelas para pensar con un ruido tan persistente. Pero por suerte entre tanto barullo di con algo y les pregunté si querían jugar con la rosa y soplarla para que su perfume coloreara el agua y la lavandina. Aceptaron gustosas y enseguida se pusieron manos a la obra y tuvimos unas explosiones muy colorinches. Pero con explosiones no bastaba. Melian necesitaba de estrellas para que el universo la esbozara. Ahí me acordé de la miel, y también de los dibujos de las manzanas, que hasta ese momento no prometían servir para nada. Le pedí una tijera a Eiko y recorté lo mejor que pude las manzanas. Luego las unté con la miel y las dejé que flotaran por ahí y pedí a las pequeñas que siguieran jugando con las pompas de jabón. Con el rocío de la rosa que se adhería a la miel, las manzanas tomaron un color más alegre, aunque seguián luciendo opacas, pues Eiko las había pintado con crayones. Tuvimos nuestra pequeña constelación de Melian. Pero faltaba que brillara para todo el universo y, sobre todo, para nuestra querida Tierra Media.

    Lo intentamos por unos días y no hallamos nada que hicieran luminosas a las manzanas. Nadie iba a verlas ni nadie podría decir que existía una constelación llamada Melian, y regresamos con tristeza a la Tierra Media. Cada noche Eiko y Ëlen me acompañaban a mirar el cielo para buscar a Melian. Pero nada. Nuestra galaxia estaba hecha con manzanas, y las manzanas no brillan como las estrellas.

    Una tardecita encontré a las mocosas que escribían una carta. Decían que si se la leían a una flor, Vána hallaría en su perfume nuestros deseos. Me reí y las dejé. Yo les había contado esa historia. Pero estaba tan triste que no quería creer en ella. Otra tardecita me hallaba en mi ombú tomando unos mates cuando las nenas corrieron hacia mí alborotadas, más que de costumbre por cierto. Les dije que se calmaran y que me contaran, y me dijeron que un pajarito les contó que Vána había enviado unas mariposas a su hermana Varda y que ella las había humedecido con el rocío de un cántaro con el que lavaba los cabellos de Vána cuando era niña, y que las mariposas viajaban hacia nuestras estrellas. No quise ilusionarme, y les dije que por ahí pasaría mucho tiempo para que viéramos a esas mariposas. Pero no hubo caso. Las mocosas insistían con que por la noche podríamos ver la constelación de Melian. No quise contradecirlas y les dije que iríamos al observatorio de un amigo y le pediríamos permiso para usar el telescopio.

   Era una noche clara y estrellada, y por fin pudimos ver la constelación de Melian. Era hermosa. Muchas estrellas coloridas y parpadeantes la formaban. Pero no era perfecta, por supuesto, y si alguien la viese sonreiría pensando que la constelación de Melian parece el collage de unas niñas pequeñas.

    Nota: La imagen de abajo, que pertenece a la constelación de Andrómeda, podrá darles una idea de cómo se ve la constelación de Melian.

       constelacion-andromeda

    Si quieren encontrarla, deben apuntar con el telescopio hacia la constelación del guerrero, Telumehtar, que ustedes conocerán como Orión. Luego viran un poco hacia la derecha y si tienen paciencia y aguardan un ratito, aparecerá una estrella. Bueno, no tardarán en darse cuenta que no es una estrella, sino la caracola que habían olvidado las niñas y que las mariposas enviadas por Varda iluminaron, como para que quien buscase la constelación de Melian tuviese una referencia.

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2 comentarios en “La constelación de Melian

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