Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 04. Parte 1

 Era una tardecita de primavera a la sombra de un jacarandá. La Principita estaba a los saltos dando golpes a un hornero con una ramita. Quería que los pajaritos asomen. La niña se cansó, y firme y decida trepó por el árbol. Cuando lo tuvo al alcance, introdujo su manito en el nido; un picotazo le enseñó que no debía husmear en casa ajena. Entre gimoteos la pequeña regresó al suelo, se sacudió los pedacitos de corteza de las manos y luego de un poco de indecisión las agarró con Isil. Como la gata quería un momento de calma, se desentendió de la niña y huyó hacia el bosque. La Principita la perdió de vista. La llamó por aquí, la llamó por allá, sin suerte. Entonces, con sumo entusiasmo, decidió que la búsqueda de su gatita era trabajo para la Soldadito de Ithil.

Isil se perdió en el bosque
(Este episodio lo escribí hace mucho y me resulta discordante con el resto. Puedes pasar a la 2da parte si no te gusta, que abriré con lo sucedido aquí)

 La Principita se internó en el bosque. Vio a una ardilla en un ombú que merendaba una nuez y preguntó:

 -¡Hola, ardillita! Me llamo Eiko. ¿Sabes dónde está mi gatita? Es blanca y casi todo rosa, niña como yo, y tiene una media luna dibujada en la frente. Es muy bonita. ¿La has visto?

 La ardilla, con la cáscara de nuez entre los dientes y la boca que le chorreaba con uvas respondió:

 -La gatita se escondió en las arrugas de la vieja Luna. Se mira en el espejo, con una pata en la lengua, un ojo que guiña y canta esto que dice: «¡Soy la gatita de la Luna! ¡Soy la gatita de la Luna y quiero cazar un ratón! ¡Un ratón blanco, tierno como el algodón!»

 Ante los ojos azorados de la pequeña, la ardilla se despidió y dijo:

 -¡Ay, cómo duele el amor!

 La ardilla mareada cayó del árbol y dio con la cabeza en el suelo. Dormiría un buen rato. La Principita se puso en cuclillas y escrutó el animalito; no tardó en llegarle el aliento a vino. La niña arrugó la nariz y con expresión de asco dio la vuelta y se marchó. El sol coloreaba el bosque y las nubes que se le agolpaban lo exprimían como si fuese una naranja. Eiko merodeaba entre los altos pastos y halló a un grillo que se limaba las patas. La Principita se lo quedó mirando, y el grillo exclamó:

 -La Luna todavía no ha llegado, precediéndome como la aurora al sol. De modo que, mariposita, aparta tus ojos, no sea que ardas y me obligues a trovar a tus cenizas.

 Si el grillo hubiese sabido con quién presumía, habría buscado refugio y evitado el puntapié que le propinó la niña. Unos metros delante, a la orilla de un arroyuelo, la Principita se disponía a saltar sobre una trama de piedras cuando vio que unos patos se aproximaban. Era una pata con sus polluelos. La niña no podía seguir camino y entró a protestar. Pero mamá pato la paró a los gritos:

 -Eh, mocosa, no me pongas esa cara de malcriada y abre paso, ¡no ves que voy cargada con crías!

 La pequeña llevó los brazos a la cintura como solía acostumbrar cuando algo la contrariaba. Se inclinó un poco hacia la pata y dijo en tono respondón:

 -¿Y por qué no te corres tú?

 A la pata se le encresparon las plumas. Los polluelos se dieron cobijo entre sí.

 -¡Vaya cría más descarada! Pero no hay que culpar a los mocosos si los padres no les sacaron los mocos, diría mi abuela.

 La pata rodeó a la niña y continuó con sus patitos. Uno, torpe y tímido, quedó rezagado. La Principita se lo quedó mirando con las manos en las rodillas y exclamó:

 -¡Qué pato feo!

 El patito feo echó a llorar y llamó a su mamá. Pero la Principita, que temió que cayera sobre ella otro regaño, se arrepintió y le regaló un chocolate, y el patito marchó contento y con porte altivo se arrimó a sus hermanos. La Principita había cruzado el arroyuelo. Se sacaba una piedrecita del zapato cuando un zorro le preguntó:

 -Oh, florecita, ¿podrías cargarme? No quisiera que mis zapatos recién lavados se mojen. De obsequio dejaré que me acunes, como toda niñita desea cuando se topa con un animalito de mi especie. Llévame, pues, hacia la otra orilla, y tendrás para contar a tus amiguitas.

 La niña viendo que al zorro le gustaba parlotear aprovechó y preguntó:

 -Lindo zorrito, ¿sabés dónde ha ido mi gatita? Si me cuentas, te haré caricias y cosquillas bajo las orejas.

 El zorro contestó:

 -Recuerdo haber visto una gatita. Fue por allá, saltó por aquí, corrió un ovillo por allí y, cuánto lo siento pequeña, acabo de olvidar hacia dónde terminó yendo.

 La Principita, decepcionada porque el zorro hablaba raro y ocultaba lo que sabía, exclamó:

 -Lindo zorrito, por favor, ¿por dónde ha ido mi gatita? Si me dices, te daré un beso.

 -No sabría decirte, bonita florecilla, hacia dónde fue tu gatita. Pero ve por el arroyuelo y seguro la encontrarás.

 El zorro fue a los pies de la Principita y se sentó sobre las patas traseras, meneó la cola y aguardó la recompensa. La pequeña le acarició la cabeza, con sincera y encantada ternura como no podía ser más. Dijo entonces que la ayuda no merecía más y que no iba a darle un beso. La niña marchaba y el zorrito se desplomó. Con las patas para arriba y voz lastimosa, el animalito rogó a la niña.

 -Oh, Principita, ven y bésame, que muero. Una abeja me ha picado.

 La niña desconfió. Pero el zorrito entró a patalear y la pequeña, toda candor, asustada corrió a darle un beso. Lo dejó entonces donde quería. El zorro, satisfecho por haberse salido con la suya, indicó por fin:

 -Linda florecita, estoy contento y te diré lo que harás. Debes construir un barquito. Lo pondrás en el arroyuelo y dejarás que navegue a gusto. Pero no deberás tocarlo. De lo contrario el hechizo se romperá y el navío te conducirá lejos de tu gatita. Esto es un bosque encantado, y las cosas se obtienen así, de tan caprichosa manera.

 La Principita se creyó en problemas. No sabía como se armaba un barquito. Ithïliendil nunca le enseñó. Pero igual se decidió y fue por unas ramitas. Juntó unas cuantas, las apiló y apretujó, y sonrió satisfecha con el resultado. Era una linda balsa, o eso le pareció. La puso a flote, pero mucho se desencantó cuando el agua la deshizo. Debía atar las ramas. Construyó otra balsa, la aseguró por los extremos con pastos, y para su felicidad no se desarmó. La pequeña dio saltos con alegría. Pero faltaba una cosa, una banderita, y para esto primero debía hacerse con un mástil. Tomó, pues, otra ramita del suelo y la encajó con todo el cuidado que le permitieron sus inseguras manos a mitad de la balsa. Luego buscó alguna flor. Cortó una rosa, la clavó al mástil y la dobló. El barquito tenía su bandera. La pequeña lo miró orgullosa. Lo puso sobre el arroyuelo y exclamó:

 -¡Este es el barquito de la luna! ¡Se llama Principita Eiko y es el barquito más lindo del bosque!

 El barquito marchaba resuelto y con porte de buen soldado de Gondor. La Principita a un lado sobre la orilla con paso jovial canturreaba:

 -El Principita Eiko ha zarpado. ¡Qué alto es su mástil y qué bonita su bandera! ¡Su capitana se llama Eiko, y con el timón en sus manos, el Principita Eiko a donde está la gatita arribará!

 El barquito coleó un poco. Un oso que había pescado un salmón alborotó el agua. La Principita temió que el barquito se hundiera, entonces se hizo rápidamente con una hoja de helecho y exclamó:

 -Olas malvadas como serpientes. ¡No se metan con el Principita Eiko!

 La niña usó la hoja como rampa, y el barco logró campear el oleaje con mucho estilo. Contenta, la Principita continuó donde había dejado el canturreo. Pero otro peligro la interrumpió.

 -¡Oh, esas aguas son peligrosas! ¡Inquebrantable en el timón, los embusteros arrecifes no son rival para la capitana Eiko!

 Se erguía un salpicón de piedras. La Principita se metió al arroyo y con el agua en las rodillas dio soplos al barquito para que sorteara las piedras; una vez en aguas seguras, de un salto la niña volvió a la orilla. Pasó un rato. La Luna se desdibujaba sobre el agua y la pequeña silbaba una rima ancestral que seguro escuchó de Ithïliendil. Vio que se perfilaba la sombra de un ave y exclamó:

 -¡Un albatros! ¡Es es mala suerte me contó Ithïlien! ¿Pero qué hace un albatros en un bosque? Tengo miedo. ¿Y si hunde mi barquito?

 El albatros había levantado vuelo. La pequeña lo miró suspicaz y esperó a que malograra su travesía. Pero no sucedió nada, al menos de momento. Un pececito adelantaba la popa del Principita Eiko y la niña vociferó:

 -¡Oh, criatura del mal! ¡Por fin enfrentas a la capitana Eiko!

 El pececito casi tumba la vela cuando saltó encima del barco. Esto enfureció a la capitana.

 -¡Regresa, alimaña de la destrucción! ¿O es que me tienes miedo?

 La Principita rememoraba otra historia oída de Ithïliendil. Cojeaba como con una pierna de palo y con la palma en el ojo derecho sentenció, con palabras que sin dudas tenía aprendidas y de las cuales, como todo lo que había vociferado hasta entonces, entendía nada:

 -¡Verás, azote de los mares! ¡Los cuentos contarán de la maravillosa y bella capitana Eiko y de cuando libró las aguas de tu presencia!

 La Principita arrojó piedras al pobre y desorientado pececito, que, ajeno a juicios de niñas y con no más deseos que una lombriz para bocado, se perdió en el lecho. La Principita pareció satisfecha. Dijo que perdonaba al pececito, y retomó el camino. Luego de un rato, el cielo se aborrascó; la Luna quedó oculta. Atribulada, la capitana exclamó:

 -La bella Ithil se ha ido. Siento el aroma de las rosas. La costa está cerca, pero ningún faro iluminará a mi barco. ¿Será el fin del Principita Eiko?

 La Principita sacó su flauta. Pensó tocar una melodía triste y entonces unas lucecitas dieron lumbre al barquito.

 -¡Loada seas, amada Ithil, que te acuerdas de la Principita de los Mares!

 Las luciérnagas orientaban al Principita Eiko. La niña, tocando la flauta, con algarabía marchó dando bailoteos. El barquito arribó a destino: una gruta que era custodiada por una figura rugosa de ojos saltones y aspecto torvo. La Principita palideció. Soltó la flauta y amagó a correr de allí. Una a una las luciérnagas se esfumaron. La niña exclamó:

 -¡Ay, qué miedo, un sapo!

 El sapo devoró una a una las luciérnagas. La Principita echó a llorar. Sin embargo, cobró ánimos e imploró:

 -Sapito, por favor, libera a las Marineras de la Luna y déjanos pasar. Mi gatita está perdida.

 El sapo respondió:

 -Croac, un beso.

 La niña tragó saliva.

 -¿Quieres que te un beso? ¡Qué asco!

 El sapo no pareció ofendido por el comentario e insistió:

 -¡Un beso, croac!

 La pequeña imaginó una salida y preguntó:

 -Y si te consigo una canasta repleta de chocolates, ¿te vale?

 No muy convencido, el sapito concluyó:

 -¡Un beso, croac!

 La Principita se rindió. Cerró fuerte los ojos y dio un beso al sapo. Entonces ocurrió una maravilla. El sapo se convirtió en un niño de rizos rubios y chaqueta azul, algo mayor que Eiko; en las manos cargaba el barquito. El niño miró con alguna tristeza el pétalo de rosa que hacía de bandera y con la mano en alto saludó a la pequeña. Con una ventisca de fuego, a bordo de una enorme roca que la Principita creyó una bola de queso, el niño ascendió hacia las estrellas. Se oyeron unos aullidos, y la Principita dijo:

 -Debe ser el zorrito. Está triste. Ese niño seguro era su amigo. Isil también debe estar triste. Mejor no me tardo y voy con ella.

 La Principita fue hacia la gruta. Movida por un raro sentimiento, se detuvo en la entrada y volteó hacia las estrellas; agitó la mano hacia la mota que encandecía, y feliz corrió en busca de su gatita. Isil dormía sobre una montaña de piedras cobijada bajo un resplandor de intenso oro. Eiko corrió hacia ella y la acurrucó con fuerza. La gatita despertó. La Principita entonces la reprendió tirándola de las orejas y diciendo:

 -Isil, ¡no vuelvas a irte sin mí! ¡Qué pasaba si te encontrabas con un lobo!

 La gatita, malhumorada, contó que fue tras un ovillo de lana y que así terminó en la cueva, y dado que parecía tan cálida y confortante, había decidido echarse una siesta. Eiko quedó satisfecha y exclamó:

 -Isil, ¡qué hermosa arpa!

 Sobre el montículo luminoso reposaba un arpa, como para las manos de una niña. La Principita vio que entre sus cuerdas pendía una nota. Demorada en cada letra, pues estaba aprendiendo a leer, la niña leyó:

 -«Llévame con la margarita. El sol se pondrá contento.»

 La pequeña quedó perpleja. Preguntó a Isil. Ella tampoco comprendía lo que la nota quería decir. Charlaron un rato sobre el asunto hasta que el vaporoso resplandor del arpa durmió a la niña. Isil se acurrucó entre sus brazos, y también se durmió.

Ep Sig:

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