Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.03. Parte 2

 Lloviznaba a pétalos rosas. El Caballero de la Luna caminaba sobre un empedrado en dirección al crepúsculo; dormida a la espalda, llevaba a la Soldadito de la Luna. La niña despertó; los ojos le rebosaron con la garúa de flores, que le eran desconocidas. Iba a dar un grito, pero se dio cuenta que la cargaban, y exclamó:

 -¿Ithïlien?

 El Caballero respondió:

 -No, pequeña dama. Soy el caballero de la Luna, como has dado en llamarme. Un bello apodo. Gracias.

 La niña, con los recuerdos recientes que finalmente la turbaron, con voz trémula preguntó:

 -¿Dónde está Ithïlien? Tengo miedo.

 El enmascarado entendió que el pánico merodeaba a la pequeña y se dirigió hacia el árbol que tenía más próximo; recostó a la niña contra el tronco, se reclinó y con la mano enguantada le acarició el rostro implorante y llovido. Llevó los dedos hacia la oreja de la niña, y con una sonrisa le enseñó una moneda. La pequeña rió entre sollozos. El caballero dijo:

 -Has tenido una pesadilla, ¿verdad?

 La Principita tardó en responder. Relató lo que recordaba del sueño, y preguntó:

-¿Dónde está Isil? ¿Y la mariposa?

 El Caballero de la Luna señaló hacia lo alto.

 -Dijo que se había hartado de ir como una gata y que retornaba a su forma original. Un águila preciosa, por cierto. ¿Cuál es su nombre?

 -Se llama Härï, y tiene seis años como yo y Ëlen. ¿Y la mariposa?

 -La mariposa, pues, anda por allí, mareada entre sus flores, ¿no lo crees?

 La niña rió cantarinamente, y añadió:

 -Pero no me dijo su nombre. ¿La volveré a ver?

 -Seguro, pequeña dama. ¿Ëlen es una amiguita?

 -Sí, es mi mejor amiga. Le gusta mucho cantar.

 La charla apaciguó a la Principita. El sueño que había padecido en la Ciénaga de los Muertos se desvaneció, y la niña parloteó a gusto. Insistió con que El Caballero de la Luna se quitara la máscara; rendida por la negativa y la promesa de que “en otra ocasión”, entonces preguntó:

 -¿Por qué las flores están cayendo? ¿Acaso están muriendo?

 El enmascarado miró hacia los árboles y dijo:

 -Duran poquito, pequeña dama, y son delicadas. Una vez florecidas, a la menor brisa sus pétalos se deshojan. El encanto de esas flores reside, precisamente, en la belleza que expresan con tan efímera vida.

 La Principita, que no entendió del todo lo que había dicho el enmascarado, preguntó otra cosa:

 -¿Y por qué nunca las había visto? Con Ithïlien paseamos por muchos bosques, y nunca vimos estas flores.

 La perspicacia de la pequeña hizo sonreír al caballero, quien respondió:

 -Se trata de la flor de un árbol extranjero, Principita, traído del oriente por algún elfo errante.

 -¿Y dónde queda el oriente?

 El caballero volteó hacia al lado opuesto donde se hundía el Sol y señaló:

 -Por allá. Lejos, lejos, tan lejos como no imaginas. De allí vienen estos árboles que aquí conocemos como el árbol de cerezo. ¿Sabes cómo los llaman en aquella tierra?

 -No.

 -Sakura.

 -¡Qué nombre raro!

 -¿Pero a que es un hermoso nombre?

 La Principita asintió, entonces dio un brinco con alegría; luego tomó un puñado de pétalos y con el rostro radiante los arrojó hacia lo alto. El caballero agarró alguno de los pétalos que habían caído en su sombrero, y los sopló al rostro sonriente de la niña, y dijo:

 -Bien, Principita de la Luna. Nos queda una hora de atardecer. ¿Tienes hambre?

 -Sí.

 -Entonces haremos como hace la gente del oriente durante la caída de la flor del cerezo.

 -¿Y qué es lo que hacen?

 -Se sientan a comer bajos los árboles.

 El Caballero de la Luna tendió una manta, abrió una bolsa con masitas, sirvió a la Principita una taza con jugo, saludó al águila de la niña que había descendido, y ambos merendaron con alegría bajo el árbol del cerezo. El enmascarado pensó en una limpia madera, en unas sepias, e imaginó cuán hermosa quedaría la escena para un cuadrito.

 

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