Las aventuras de la Principita Eiko- Ep.03. Parte 1

 Pasaban los días sin aventuras, y la Principita no lo aguantó más, calzó la tiara en su cabeza, alzó el brazo derecho, abrió la mano y extendió los dedos, y recitó las palabras mágicas que la transformaron en la Soldadito de Ithil. Y así, al pie del árbol, sobre la hojarasca como si de una violeta se tratase, Eiko se vio vestida con sus ropas de heroína y con la gatita Isil mimosa entre los tobillos, deseosa de ser cargada. La Principita levantó a su amiga, le acarició la medialuna que estampaba su frente, e Isil se durmió. Entonces apareció una mariposa, y la Principita echó a correr.

 La Principita, incansable, iba tras la mariposa. Como la marcha que llevaba no tardó en aburrirla, la pequeña puso un poco de imaginación, y con brincos y el batir de brazos emuló el revoloteo de la mariposa. Isil la seguía a unos metros. Pasado un largo rato, la gatita observó que la pradera se envilecía con pastos cenicientos y que el suelo se ajaba; el aire era espeso y las nubes sombrías. El repentino cambio en el paisaje no gustó a Isil, y procuró que la niña retornase a casa. Pero fue en vano. Eiko estaba cabeza dura con la su mariposa. La gata decidió que lo mejor sería tenerla cerquita y saltó al hombro de la niña. La mariposa se fue quedando; parecía inquieta por los insectos que merodeaban los charcos malolientes, y se posó en los cabellos de la niña. Esto puso feliz a la Principita. La risa que se oyó no pasó desapercibida. Desde que Frodo y Sam la atravesaron, esos pantanos no habían oído otra risa; nunca, una tan fresca y candorosa.

 -¡Hola, me llamo Eiko y soy un hadita igual que tú!

 La mariposa aleteaba inquieta entre los dedos enguantados de la niña, que se había presentado como solía con las mariposas, como una igual según imaginaba la niña, un hada. Otra maravilla, no obstante, la distrajo; del fango, unos espejos de agua que una miríada de luciérnagas iluminaron. La pequeña corrió a los fantásticos insectos; con las manos en las rodillas pudo mirarse en la charca y encontrar que su rostro, jaspeado de chispas verdosas, se desdibujaba. Los insectos que había creído luciérnagas devoraron la mariposa; la pequeña dio un grito y quiso dar la vuelta y salir corriendo. Pero era tarde. Una mano cadavérica la asió del cuello; seguramente, la mano muerta de un espectro de la Ciénaga de los Muertos.

   Eiko en la Ciénaga de los Muertos

 La Principita luchó por zafarse de las manos macabras que la aferraban, pero fue en vano, y pronto se vio sumergida hasta el cuello. Cuando el fantasma chilló y le enseñó las fauces, la pequeña, después de abrir grandes los ojos llorosos, se durmió.

 El fantasma arrastraba a la niña de los cabellos. La esencia a violetas atrajo a otros espectros, que salieron del agua y se congregaron en torno al captor; lucharon con él. El fantasma los venció fácilmente y fue por la Principita. Otra disputa la tenía como trofeo. Dos lagartos, uno en la orilla, con la pequeña a un lado, y otro que sobre un árbol muerto escupía un trozo de carne y con voz cavernosa advertía:

 -Conténtate con ese despojo de orco y lárgate. Ese caramelo será mi dulce. ¿Qué? ¿Te opones a tu hermano mayor? Al fango, pues.

 El lagarto mayor saltó sobre el menor, lo cazó del cuello y le estrujó los huesos; dejó que la ciénaga lo hundiera y se acercó a la Principita. Pasó su lengua por las mejillas todavía moradas de la niña y aprobó su sabor; pensó en con qué iba a merendarla, y se le ocurrió que las tripas de un sapo harían de la niña un manjar; entonces lo atravesó una lanza. Con el trofeo otra vez en sus manos, el fantasma retomó el camino. Pasó un rato, y otros espectros acudieron a su encuentro. Éstos, sin embargo, no le fueron hostiles; lo llamaron “señor”. Parecía que el fantasma reinaba en La Ciénaga de los muertos. A su orden, uno de esos seres inconcebibles se inclinó y dijo, con voz gutural que no obstante lo macabra se oyó graciosa:

 -Amo, ¿ordeno a los criados que preparen el fuego y dejen a punto el caldo?

 El fantasma miró a la Principita y respondió:

 -Este caramelo no me saciará más que una frutilla, y recuerdo que no gustaba de las frutas. Yacerá en la ciénaga real y cuando los gusanos la hayan vuelto digna, será mi esposa.

 El espanto que tenía hincado respondió:

 -Amo, no quisiera contrariar su juicio, pero ¿su prometida no está un poco inmadura?

 -Pareciera. No se ve como las espantos que tenemos en el reino. ¿Recuerdas cómo llamábamos a estas criaturas?

 -Creo recordar que “niñas”, señor.

 El fantasma caviló durante unos segundos y concluyó:

 -Bien, los gusanos de todos modos, con unas centurias de trabajo, sabrán hacerla hermosa para mí. ¡Prepara las nupcias!

  Y los seres horribles a coro exclamaron:

 -¡Sea!

 Y así un cortejo llevó a la Principita a la ciénaga real. Situada dentro de una caverna, el lecho no era más que un estanque putrefacto, cubierto por una parra de huevos de lagartija y decorado con un cordel de cadáveres de sapos, culebras y unos cascabeles que repicaban cuando alguna alimaña merodeaba. Sin más ceremonia, los fantasmas arrojaron a la Principita al cieno; uno de ellos soltó unas ranas, como para que la niña tuviera compañía, y luego de una reverencia regresaron donde su amo. Pero entonces oyeron que un chapuzón sacudió el lecho. Voltearon, y con las ranas que se dispersaban por el recinto, encontraron que un sujeto emergía con la niña en brazos, y a quien no bien recuperados del estupor, pronto tuvieron cercado con las lanzas.

 -Oh, dulce Soldadito de Ithil, mi descuido te ha deparado este ominoso fango, cautiva de seres espantosos que pugnan por hacer de ti su reina. Oh, Principita, haré como en los cuentos que seguro amas. Que ellos, que tornan carrozas las calabazas, nos concedan sus maravillas.

 Y el sujeto enmascarado y de larga capa, con una rana que croaba en su hombro, dio un beso a la frente de la Principita.

 -Oh, el horror, cuán miserable que es nuestro mundo. Descuida, Principita de la Luna, no yacerás abandonada en esta maldita ciénaga, ¡y cuidado de aquel que ose a perturbar tu candoroso sueño!

 El sujeto, que no era otro que el Caballero de la Luna, dio otro beso a la frente de la niña, guardó una rosa entre sus manitas, y con lágrimas la soltó en la ciénaga. La escena conmovió a los fantasmas, que hicieron a un lado sus armas y lloraron con el infausto caballero. El amo de la ciénaga se acercó, y posó su mano huesuda en el hombro del Caballero de la Luna, que suplicó:

 -Oh, Señor del Fango, pronto seré uno de los tuyos… Concédeme este marjal de morada para que pueda custodiar por siempre a la lunita de mis pensamientos.

 El rey, conmovido como sus congéneres, renunció a sus intenciones de nupcias, y agregó:

 La Principita de la Luna no gustaría que su caballero aguarde cobardemente la desgraciada muerte. ¿Acaso no querría verlo caer en duelo? ¿Qué dices? Yo no puedo morir, pero lucharé con honor. Vamos, Caballero de la Luna ¡Desenvaina y muere en nombre de la Principita de la Luna!

 El Caballero de la Luna asintió con una leve reverencia. Llevó entonces la mano izquierda a la funda de la espada del lado izquierdo de su cintura, adelantó el pie opuesto y dobló la rodilla, inclinó y osciló levemente el tronco, y con la diestra aferró la empuñadura. El señor de las ciénagas lo observó, como extrañado, y preguntó:

 -¿Qué haces? ¿Por qué no vienes a mí?

 El caballero, con la mirada impasible, respondió:

 -Se trata de una técnica de mi tierra, no es conocida en la Tierra Media. Consiste en el arte de desenfundar y cortar, el battojustsu. Como apreciarás, esta espada curva la hace posible.

 El fantasma se acercó con precaución. La mirada concentrada del caballero y su postura lo inquietaban. Se encontró con que no había ángulo que vulnerar; como se trataba de un espectro, no había qué perder, y atacó pues con la enorme espada. La descargó a dos manos, y el cieno se hundió con el golpe malogrado. El Caballero de la Luna desenvainó a la velocidad del rayo, y con un movimiento pendular, tajeó como si hendiera la niebla el cuello del fantasma. Con la postura incólume, regresó la espada a la funda, y aguardó a que el fantasma devolviera, fatalmente, el golpe.

 

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