Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 02

 En una pradera cercana a Rohan vivía un niño noble y valiente. El niño tenía ocho años y solía despertar con el amanecer para correr por su potrillo, al cual después de acariciar y peinar montaba como hacían sus mayores, soplando el cuerno de batalla y gritando: «¡Adelante, eorlingas!». Así, con la escoba como lanza y su potrillo brioso cual Crin Blanca, el niño atravesaba el campo y despejaba la maleza hasta alcanzar la orilla del río, donde soltaba la amarra de la balsa y canturreaba una canción para la Dama Éowyn mientras el potrillito retozaba a gusto en la fresca hierba. Una vez en zona profunda, el niño tiraba la red y esperaba por algún pececito desprevenido. Cargado ya con el desayuno, animoso regresaba a casa con el potrillito para cocinar el pescado para él y sus hermanas. Así todos los días. Era muy feliz.

 El niño pescador se llamaba Hagen, su hermana del medio, princesa según reclamaba, Flare y la más pequeña, que decía ser Éowyn, Gudrun. Los hermanos tenían por único amigo al mencionado potrillo, Manchita Negra, blanco como las nubes, excepto por una lágrima oscura en una pata trasera; era muy inquieto, pero dócil y tierno y sus ojazos azabache semejaban escarabajos en la nieve. Cuando Hagen iba de pesca, Flare y Gudrun recogían frutos del bosque. Amaban su apacible hogar, que además estaba libre de tareas y obligaciones. Pero un día unos sujetos se llevaron a Manchita Negra y Hagen, Flare y Gudrun quedaron llorando desconsolados en la puerta de la casa.

 Eiko, ansiosa por nuevas aventuras, se le había escapado a Ithïliendil y atravesó montada a Härï bosques, campos y montañas. Era de tardecita cuando exhausta se acercó a una casa situada al pie de una montaña. Tocó la puerta y se escondió; no debía hablar con desconocidos le había dicho Ithïliendil. Permaneció un rato oculta y puesto que nadie acudió fue y golpeó de nuevo. Cuando daba la vuelta, un niño lloroso abrió la puerta. La Principita se acercó algo tímida, aunque confiada, pues un niño nunca era un extraño, sino un posible compañero de juegos. Se miraron en silencio hasta que la niña exclamó:

 -¡Hola! Me llamo Eiko. Ella es Härï y es mi amiga. ¿Por qué lloras? ¿Estás sólo y extrañas a tu mamá?

 El niño estalló en llantos, y contó a Eiko lo sucedido con Manchita Negra.

                                     El rescate de Manchita Negra

 Eiko dijo a los niños que no estuvieran tristes, porque una guerrera que luchaba por el amor y la justicia, cosa que en verdadno tenía idea de lo que significaba, iba a recuperar a su potrillo. Hagen, Flare y Gudrun la miraron con desconfianza. Dudaron de la ayuda que podía ofrecer esa pequeña elfo. Las niñas volvieron a llorar. Lo decidida de la Principita no obstante había envalentonado a Hagen. El niño golpeó fuerte el suelo con la escoba, ordenó a sus hermanas que no salieran de la casa y corrió a rescatar a Manchita Negra.

 Manchita Negra permanecía con la cabeza gacha, extrañaba su hogar y a sus amigos. Uno de los captores lo gritaba, fastidiado porque el potrillo no comía y retrasaba el ascenso por la montaña. El potrillo por fin comió algo de hierba hasta que los recuerdos de sus amigos lo turbaron y lo desganaron otra vez. Recibió un airado latigazo, que ahogó la vocecita que decía…

 -¡No permitiré que se roben a ese potrillito tan lindo! Soy una Soldadito…

 El látigo en el lomo del potrillo puso tiesa y llorosa a la Principita, que desconocía tales crueldades. Los hombres corrieron a atraparla, pero una ráfaga de piedras los detuvo; Hagen, trepado a un árbol, y entre los arbustos, Flare y Gudrun atacaban con lo que podían. La Principita cobró valor y con la tiara despeñó al ladrón que corría hacia las niñas. Otro de los ladrones fue hacia ella. La Principita palideció y cuando tuvo la manaza encima, a gritos se escabulló bajo las piernas del hombre, que la maldijo y juró darle azotes. Hagen tenía delante al que restaba, que se erguía como un troll y repicaba un garrote en el hombro. El niño, tembloroso, soltó las piedras y entonces uno de los ladrones advirtió a su compañero.

 -Eh, cuidado con el conejo, ja.

 El malhechor volteó hacia abajo, y la Principita entonces le dio un puntapié a la pantorrilla y chillando echó a correr. La mole rugió. Estaba por lanzar el garrote a la pequeña cuando su compañero gritó:

 -¡Para, cerebro de trasgo!

 El hombre gigantesco miró a su compañero con furia y dijo :

 -¿Por qué, jefe? Ese gusano me atacó. Es mío.

 -Sería bueno que muestres algo de tino, calabaza. Esa niña es un elfo. No queremos problemas con esos brujos, ¿verdad?

 -No, jefe.

 -Entonces olvídala y trae al niño. Ya que insisten, pues los venderemos a los corsarios de Umbar.

 El jefe entonces cayó. Manchita negra coceaba en su pecho. El hombre semejante a un troll acudió en su ayuda y apartó de un puñetazo al potrillo. Procuró reanimar a su jefe, pero Hagen y Eiko, esta con bastante mala puntería, lo tuvieron bajo pedradas. El ladrón que había atrapado a Flare y Gudrun decidió ocuparse por las malas de los mocosos y preparó el arco y una flecha. Pero una rosa blanca que hendió la tierra se interpuso en su camino. Con voz afectada, alguien exclamó:

 -¡Cuánto lo siento! Parece que interrumpí. Un duelo debe concluir cuando uno de los contendientes no puede continuar o se rinde. Pero esta lucha es desigual, así que nadie está enojado, ¿no?

 Los hombres y los niños miraron hacia los árboles. Vieron sobre una rama a una figura recortada por la Luna que asomaba sobre la colina. Vestía ropajes de montaraz, una larga capa que ondeaba, un sombrero de ala ancha y un antifaz. El desconocido, ya totalmente visible, dijo:

 -Veamos. Las pequeñuelas no cuentan, pues se han quedado sin piedras, y tampoco la de cabellos violetas que viste raro. Tenemos al niño y a ustedes, que son dos.

 La voz resultó familiar a la Principita, pero como el sujeto la había hecho a un lado y tratado de niña rara, el enojo no dejó que pudiera entrever a quién pertenecía.

 -¿Y por qué yo no cuento? Para que sepas. Soy la Soldadito…

 El desconocido sonrió y dijo:

 -Oh, esa no fue mi intención, pequeña. Es que no tienes tu tiara. No puedo permitir que te involucres en una justa, eh, quiero decir, una pelea, que no podrás librar como debes.

 La niña tocó su frente y recordó que había perdido la tiara. Con las manos en jarras, ofuscada miró hacia un costado. El desconocido parecía divertido. Sin más, retomó donde había dejado y concluyó:

 -Bien, se terminó el recreo. Niño, a un lado. Ustedes, prepárense.

 Con una áspera invocación originada en una lengua extranjera que ninguno de los presentes pudo reconocer, el sujeto cayó como una rapaz frente al ladrón que tensaba el arco para saltar no bien en el suelo con la mano derecha en la empuñadura de la pierna opuesta. El ladrón se desplomó. De nuevo en árbol del que había saltado, el guerrero dijo al azorado grandulón, que había rendido el garrote y lo miraba boquiabierto.

 -No temas, una espada de filo invertido es inofensiva, aunque puede doler, ¿no? Juajuajua. Bien, niña que vistes raro. No quiero que me tomes por descortés. La conclusión del duelo está en tus manos.

 El enmascarado saltó hacia Eiko y calzó la tiara a la frente de la niña. Se la quedó mirando largamente hasta que dijo:

 -Estás hermosa, Pequeña Dama. Arroja la tiara a ese rufián cuando te lo indique. Confía en mí.

 El desconocido miró a la mole, quien si bien simple, comprendió lo que se le había dado a entender. Luego se acercó a Hagen y le tendió una espadita de madera pintada de color plata.

 -Niño, has demostrado valor y te daré este obsequio. Llámala Balmung. Con ella deberás defender al oprimido y combatir al tirano. Recuerda que las mujeres y los niños nunca serán tus enemigos. Veamos. ¿Qué más decía el código?

 Para perplejidad de los presentes, el sujeto sacó un librito que tenía guardado en uno de sus bolsillos. Corrió unas páginas y citó:

 -“Cuando se pierde el honor, es un alivio morir; la muerte es un retiro seguro de la infamia…” Por las trenzas de Vána, equivoqué la cita, tendría que haber marcado la página. Bueno, pequeño Hagen, no importa, tú lucha por la justicia, ¿de acuerdo? ¡Namarië! Uh, olvidé decirles mi nombre. Será en otra ocasión. ¡Hazlo ahora, Soldadito de la Luna!

 El enmascarado se perdió entre las sombras y la Principita arrojó la tiara. El ladrón había soltado el garrote y corría hostigado por Hagen; cuando la tiara lo alcanzaba, se agachó y se lanzó por el barranco. Los niños por fin vencieron. La Principita y Haguen se abrazaron y saltaron de alegría. Flare y Gudrun no estaban menos felices. El grandulón había huido. Oculto en la espesura, el enmascarado sonrió satisfecho.

 Y así, la Soldadito de Ithil y sus amigos rescataron a Manchita Negra. La casa quedaba pasando el bosque, y los niños se pusieron en marcha. Era tarde, la luna brillaba y los niños habrían caído dormidos de no ser por los búhos, que dieron premura a sus pies —menos a Gudrun, dormida sobre Manchita Negra y ajena a los sombríos graznidos—. Llegaron. Los sorprendió la lumbre que se esparcía por las ventanas. La chimenea humeaba. Oyeron cascos de caballos; las antorchas de unos jinetes rohirrim los alumbraron. De la puerta de la casa, una joven de largas trenzas plateadas corrió a recibirlos.

 Pasó una semana. Promediaba la tarde y la Principita se hallaba sentada en un banco, con las piernas en un descuidado e incansable sube y baja. Mientras se llevaba a la boca un trozo de la pasta frola que le había preparado tía Brunilda, se preguntó si Flare y Gudrun estarían haciendo igual y si también habrían convidado, como les enseñó la tía, con los dedos raspando la tostada, al pececito que había atrapado Hagen y que habían puesto en una vasija. Pensó además en aquel sujeto que los había ayudado. Se le ocurrió llamarlo “El Caballero de la Luna”, un personaje de un cuento que le había leído Ithïliendil. La niña, entre risitas, dio rápidas y cortas patadas el aire, sorbió la chocolatada y comió contenta otro trozo de pasta frola.

Ep Sig:

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Hagen y Flare, inspirados en los personajes de la saga de Asgard de Saint Seiya.

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